Tras sacar los papeles del bolso, Dilma Rousseff, en una sala abarrotada envuelta en el aire eléctrico de las sesiones históricas, se tomó un café. Se disponía a defenderse a sí misma en el juicio político que, en menos de dos días, sentenciará, con toda probabilidad, su destitución como presidenta de la República de Brasil. Acabó el café y y se encaminó al estrado para dar el discurso más importante de su carrera política,tal vez también el último. Rousseff, del Partido de los Trabajadores, subió al estrado, y con voz clara y nerviosa, dijo: “No lucho por mi mandato, ni por vanidad, ni por el poder. Lucho por la democracia”.
Cuando Rousseff se disponía a empezar su intervención, se espesó un silencio absoluto, poco dado en una nación ruidosa como Brasil. El presidente del Tribunal Supremo, Ricardo Lewandowski, encargado de presidir la sesión, había advertido: “Esto es un juicio, no un debate: no permitiré aplausos, ni abucheos, ni carteles ni risas”.
Continue leyendo
