La alerta en la República Dominicana por el surgimiento de un brote de cólera en Haití, pone de manifiesto una realidad que muchos dominicanos y dominicanas se niegan a reconocer: lo que pase en Haití nos afecta, queramos o no.
Los procesos de degradación ambiental, política, económica y social que vive Haití afectan irremediablemente a la República Dominicana. No hay muro que pueda contener estos impactos en esa línea imaginaria cuya porosidad se hace evidente día a día.
Por tanto, los dominicanos y dominicanas debemos preguntarnos qué tipo de convivencia debemos tener con el pueblo haitiano. ¿Una convivencia pacífica, basada en tolerar e ignorar lo que pasa del otro lado de la frontera, hasta que ocurre alguna desgracia, que nos movilice, como ocurrió luego del terremoto que destruyó Puerto Príncipe, así como otras ciudades de Haití?. O por el contrario, comenzar a construir una convivencia democrática.
La convivencia democrática implica mucho más que sólo tolerarnos. Esta demanda la existencia de unas reglas de juego conocidas por todos los actores involucrados. En el caso de Haití y la República Dominicana esto significaría contar con leyes de migración y acuerdos bilaterales que permitan abordar los conflictos que inevitablemente genera la convivencia.
Lo cierto es que a seis años de haberse aprobado la última ley de migración (Ley 285), ésta todavía no cuenta con un reglamento que la haga aplicable y ha sido luego del terremoto que se ha puesto a funcionar la comisión mixta bilateral.
Por otro lado la convivencia democrática también requiere que los diferentes actores involucrados se reconozcan como interlocutores válidos. Por tanto gobiernos y sociedad civil de ambos países deberían estar participando en los procesos de negociación que se realicen. En ese sentido las negociaciones desarrolladas entre Haití y Dominicana han estado monopolizadas por sus gobiernos, mientras sus sociedades civiles han estado excluidas.
En el sentido de lo anterior, las sociedades civiles de Haití y la República Dominicana se caracterizan por una gran ignorancia sobre su funcionamiento mutuo (estructuras, aptitudes, etc.) lo que dificulta la articulación de ambas para generar presión y ser incluidas en los procesos de negociación.
Las sociedades de Haití y la República Dominicana han estado ignorándose y a penas tolerándose, pero no desarrollando una convivencia democrática. Esperemos que no haga falta otra tragedia para que comencemos actuar de manera articulada para la construcción del bienestar de los dos países, pues hasta donde sé ninguno puede mudarse.

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